La Música No Para

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Conocí la música cuando estaba en octavo básico. De niño siempre me gustó el saxofón, no sé por qué, ya sabes, es un encanto que no puedes describir. Ese año, 2008, mi colegio anunció que adquiriría un lote de instrumentos musicales para la academia de música, y yo me anoté sin dudar. Los instrumentos son caros, y en ese tiempo no podíamos permitirnos comprar uno como familia.

De allí en adelante me adentré en el mundo musical de mi ciudad, La Serena, que afortunadamente es muy grande. Cada vez estaba más encantado. Mi profesor nos llevaba a concierto educativos, y alguna vez lo acompañé fuera del aula a otros de cartelera. En mi colegio teníamos una pequeña orquesta y cada nueva partitura que conseguía tocar parecía elevarme a una vida más colorida. En fin, todo el que entró de repente a practicar un arte me entenderá. Así lo he comprobado con cada amigo en lo mismo.

Cuando entré a la universidad me preocupé por cómo mantendría el training de música. En el colegio teníamos horarios fijos de ensayo y yo más encima vivía cerca. Podía dedicar mucho tiempo a esta -como ahora me parece- pasión; pero con todo lo que se oye sobre la carga académica de la universidad, la idea de mantenerte como lo hacías antes parece, más que una cuestión de esfuerzo y organización, una esperanza fantástica.

Bueno, pasaron algunos meses, y tras definirse los horarios y ordenarme con las horas de salida y llegada, me dediqué a explorar con calma las actividades extracurriculares. La Universidad Católica el Norte tiene una oferta muy amable de ellas -de la que estoy sinceramente agradecido-. Vi el Galpón Cultural y -nuevamente- no dudé en preguntar qué herramientas podría ofrecerme para seguir mi hobbie.

Entré por esas grandes puertas de lata, pasé frente a la cafetería y me asomé en la primera oficina a la derecha. Tímidamente saludé a la Jefa de Cultura, Graciela Ramos, y empezamos a hablar. Pude notar su interés cuando declaré “yo toco el saxo” y le consulté por un lugar para practicar e, idealmente, guardar mi instrumento -un saxo no es precisamente liviano-. Ella respondió muy efusiva dándome todas las facilidades, puedes venir cuando quieras, aquí tenemos una sala, inscríbete en Jazz. Me retiré feliz y volví al día siguiente.

Poco después conocí al profesor de Jazz, Hugo Alcayaga, que me explicó cómo funcionaba el Galpón Cultural y sus talleres. Quedé gratamente sorprendido de encontrar un espacio así en la universidad. Iba casi todos los días y rápidamente trabé amistado con otros chicos que habían llegado igual que yo, algunos interesados por música, otros por pintura, otros por danza, pero con el mismo deseo y cariño por el arte, de manera que creamos un lazo muy bonito. Reitero -estoy seguro-, todos quienes se muevan en arte y cultura, me entenderán sin problema.

El Galpón Cultural pasó a ser una familia para mí. Muchos de mis mejores amigos y recuerdos en estos cuatro años de carrera tiene su origen allí. Tanto con alumnos y profesores, a la hora de practicar y apreciar el arte, hablamos el mismo idioma.

Más cosas interesantes pasaron. Tocar en formaciones pequeñas para mí era nuevo -siempre toqué en orquestas, más o menos grandes- y entre el taller y las sessions con mis nuevos amigos -muchos de ellos músicos de pubs- conocí y toqué muchos estilos nuevos, reggae, funk, bossa nova, rock latino. Nos presentamos múltiples veces en los Cafés Literarios, también en la Semana de la Cultura y las Muestras Artísticas, todas actividades organizadas por la universidad. Una vez incluso nos pagaron para presentarnos en un Congreso de Informática. Y todo en mi primer año.

De verdad, podría extenderme relatando anécdotas que me ha dejado el Galpón Cultural. Para mí han sido un rico tesoro lleno de buena onda, complicidad, bochornos y muchas risas. Pero quiero decir que lo más bonito ha sido la amistad. Conocer tantos niños que sienten como tú -de otras carreras y ciudades-, compartir escenario con ellos, cargar juntos nuestros instrumentos, compartir camarines, viajes y colaciones, es enriquecedor y lo que se llama verdaderamente vida universitaria.

No dudo en invitar a todos a formar parte de este gran espacio donde sé que, en medio del alboroto académico de nuestras carreras, siempre podré sosegar mi corazón con arte y alegrarlo junto al precioso grupo humano conforma. el Galpón Cultural.

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