Nuestro deber en la Educación Médica Continua

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Con el afán de certificar el arte médico (techné iatriké) por sobre la labor de charlatanes y otros errabundos sospechosos, la escuela hipocrática se encargaba de certificar a sus médicos formados para mayor seguridad del paciente y, por supuesto, para mayor renombre del colegio. Acaso en un intento por mantener la experiencia transmitida, donde las guerras y avatares diversos podían consumir en una sola jornada el conocimiento de siglos, se inculcaba a los médicos recién formados participar activamente de la docencia: siempre de manera desinteresada y abierta, priorizando a aquellos que, por mérito e idoneidad, deseaban instruirse en el arte.

Hoy, la visión docente médica de antaño es a veces difícil de congraciar en una época donde metas asistenciales y rendimientos gubernamentales son más primordiales que brindar una atención adecuada. Trabajo mayor resulta inculcar esto desde el pregrado, donde puestos de tutorías o ayudantías son cotizados por alumnos con mayor afán de competitividad que por interés profesional.

La labor docente no tiene por qué ser “institucional”: el médico es docente siempre que educa al paciente, cuando indica la forma de tomar un medicamento o explica los pros y contra de un procedimiento a realizar. El éxito de esta intervención depende mucho del entrenamiento previo, en como decodificar las claves casi tácitas del lenguaje técnico y llevarlas al contexto cotidiano, sin caer en lo prosaico o simplista.

El recién egresado tal vez pueda carecer de la experiencia del profesional de carrera más dilatada, o del avance técnico del especialista, pero está en manos de este nuevo médico sintetizar la evidencia técnica y llevarla al instante clínico, al momento en que el paciente consulta. Siguiendo esta línea, mientras más profesionales en formación se nutran de esta visión de mundo, el resultado será aún mejor para la comunidad.

Es prioritario no perder el impulso primigenio: aquel de comunicar la experiencia o el conocimiento a los pares, sean del rango o puesto que sea, pues sólo a través de una retroalimentación constante, de la educación médica continua y del reconocimiento de fortalezas y debilidades, es que lograremos avanzar con relativo éxito a través de la densa espesura de ignorancia e incertidumbre que se cierne continuamente en el ejercicio de la profesión.

Para finalizar, creo que esta obligación se resume elegantemente en lo expresado por Tales de Mileto: “De todo lo que es posible aprender, elige y aprende lo mejor; y de todo lo que hayas aprendido, elige lo mejor y enséñalo a los demás”.

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